Las cosas más sangrantes.

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Años de miserias, con los huesos dolidos por el invierno y la humedad, por la nostalgia y la soledad. Las manecillas del reloj golpean mi mente, mientras los recuerdos se cuelan en mi sangre. Un café frío sobre mi escritorio desordenado me sabe a ese  último beso  que me diste aquella noche antes de partir por siempre. Amargo pero intenso, como aquellos besos envenenados de lujuria y pena. 
Nunca fui muy devota de las mentiras, asi que me resigné y  entendí en ese instante, en el que nuestros labios se separaban, en el que con mi lengua flagelaba tu aliento, que todo se acababa.  No había nada más que decir, aquello que no se dijo no se diría jamás. Comenzó en mi mente una especie de rastreo, de búsqueda de momentos, aquellos felices los enterré bien profundo, en los sótanos de cada hemisferio. Para poder odiarte, para adormecer el dolor de esa grieta que asomaba en mi pecho. Me aferre a cada momento doloroso, a cada tragedia vivida, pero la pena ya era un océanos en mi interior. Que tortura sentir el peso del tiempo, sentir la pérdida a flor de piel, ahí…sangrando sobre una realidad hecha pedazos.
Si supieras que te amé como jamás una mujer a un hombre amo. Entregada, ciega de devoción hacia todo lo que sos, a tus ojos de soñador, a tu mente inquita, a ese espíritu libre y curioso. Nunca quise encerrarte, porque te amé libre como el viento de otoño, como un hada ama sus alas. Siento ganas de llorar, y quiero desaparecer, desvanecerme esta noche hacia las estrellas, liviana, como una hoja que baila hacia el cielo. Quizás ellas me hagan olvidar, quizás mañana cuando despierte no serás este fantasma, y yo podré volver a dormir, a respirar, a vivir.


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